Históricamente México ha manejado una política exterior de doble discurso. Mientras en algunas situaciones promulgaba el respeto a los principios de no intervención, autodeterminación, entre otros, como en el caso de Cuba tras su revolución, en otros casos ha desechado esos principios por un manejo pragmático de la política exterior, como es el caso de su apoyo a Sandino durante el gobierno de Calles y el maximato.
De acuerdo con Velázquez (2002: p.18) es posible apreciar que el gobierno de Fox se caracterizó por el continuismo respecto de las administraciones de Salinas y Zedillo, usando la política exterior como un instrumento para el desarrollo económico, dando prioridad a los objetivos de corto plazo sobre los de largo (lo cual demuestra claramente una falta de visión como estadista), pero que al fin y al cabo los más beneficiados son los intereses particulares.
Debo hacer notar que la utilización de la política exterior para lograr el desarrollo de México no debe ser visto como algo negativo, ya que la razón de ser de la política exterior es obtener del exterior aquello que pueda coadyuvar a la consecución del interés nacional. Es negativo en efecto cuando se relega a la política exterior toda la responsabilidad de lograr el desarrollo mientras que en lo interno no se hacen grandes avances.
No obstante hay que reconocer un cambio importante en el proceso de formulación de la política exterior. Durante los gobiernos priistas el presidente tenía el poder y la libertad de manejar los asuntos internos y externos a su antojo, pero con la transición el Poder Legislativo fue recuperando la independencia que debería tener y se presentó como un fuerte dispositivo de control del Ejecutivo (Velázquez, 2002: pp. 44.45). Esto no quiere decir que hubiera una democratización en la formulación de la política exterior, ya que ésta comenzó a estancarse debido al enfrentamiento entre Fox y el Congreso, quien buscaba tener más participación, pero nunca hubo consultas entre estos.
Retomando la cuestión de la continuidad de la política exterior, considero que además de continuidad se puede hablar de una visión más estrecha respecto a lo que se buscaba fuera de México. Si bien Fox argumentaba que buscaría diversificar el comercio de México y la prioridad de política exterior sería Sudamérica, en realidad su programa siempre estuvo enfocado a la relación con América del Norte, y de ahí que sus primeros planteamientos fueran respecto al apoyo económico que Estados Unidos debería darle a México para su desarrollo y la negociación de un acuerdo migratorio como parte del “bono democrático” que “disfrutaba” México (Iruegas, 2006: p. 87-88). Pero esa idea de que México contaba con un “bono democrático” que debería abrirle las puertas de la ayuda internacional era realmente absurda.
Si bien se agregaron algunos asuntos a la agenda de política exterior, tales como derechos humanos, defender los derechos de los mexicanos en el extranjero, la participación de México en foros multilaterales y promover la democracia (Iruegas, 2006: p. 90), éstos fueron temas relegados a segundo o tercer plano, ya que el interés del gobierno foxista era, al igual que con Salinas y Zedillo, promover la profundización e integración de la economía mexicana con Estados Unidos.
En conclusión, considero que los principios de la política exterior que resguarda la Constitución no son, y de hecho nunca han sido un pilar de la política exterior de México, sino una herramienta que se utiliza de acuerdo a los intereses de México y a la coyuntura. México ha sido más pragmático de lo que muchos analistas consideran, y es por eso que el debate sobre pragmatismo y principismo no parece ser relevante. En cuanto al continuismo, éste responde más al modelo neoliberal imperante en México que a los proyectos del gobierno en turno.
De acuerdo con Velázquez (2002: p.18) es posible apreciar que el gobierno de Fox se caracterizó por el continuismo respecto de las administraciones de Salinas y Zedillo, usando la política exterior como un instrumento para el desarrollo económico, dando prioridad a los objetivos de corto plazo sobre los de largo (lo cual demuestra claramente una falta de visión como estadista), pero que al fin y al cabo los más beneficiados son los intereses particulares.
Debo hacer notar que la utilización de la política exterior para lograr el desarrollo de México no debe ser visto como algo negativo, ya que la razón de ser de la política exterior es obtener del exterior aquello que pueda coadyuvar a la consecución del interés nacional. Es negativo en efecto cuando se relega a la política exterior toda la responsabilidad de lograr el desarrollo mientras que en lo interno no se hacen grandes avances.
No obstante hay que reconocer un cambio importante en el proceso de formulación de la política exterior. Durante los gobiernos priistas el presidente tenía el poder y la libertad de manejar los asuntos internos y externos a su antojo, pero con la transición el Poder Legislativo fue recuperando la independencia que debería tener y se presentó como un fuerte dispositivo de control del Ejecutivo (Velázquez, 2002: pp. 44.45). Esto no quiere decir que hubiera una democratización en la formulación de la política exterior, ya que ésta comenzó a estancarse debido al enfrentamiento entre Fox y el Congreso, quien buscaba tener más participación, pero nunca hubo consultas entre estos.
Retomando la cuestión de la continuidad de la política exterior, considero que además de continuidad se puede hablar de una visión más estrecha respecto a lo que se buscaba fuera de México. Si bien Fox argumentaba que buscaría diversificar el comercio de México y la prioridad de política exterior sería Sudamérica, en realidad su programa siempre estuvo enfocado a la relación con América del Norte, y de ahí que sus primeros planteamientos fueran respecto al apoyo económico que Estados Unidos debería darle a México para su desarrollo y la negociación de un acuerdo migratorio como parte del “bono democrático” que “disfrutaba” México (Iruegas, 2006: p. 87-88). Pero esa idea de que México contaba con un “bono democrático” que debería abrirle las puertas de la ayuda internacional era realmente absurda.
Si bien se agregaron algunos asuntos a la agenda de política exterior, tales como derechos humanos, defender los derechos de los mexicanos en el extranjero, la participación de México en foros multilaterales y promover la democracia (Iruegas, 2006: p. 90), éstos fueron temas relegados a segundo o tercer plano, ya que el interés del gobierno foxista era, al igual que con Salinas y Zedillo, promover la profundización e integración de la economía mexicana con Estados Unidos.
En conclusión, considero que los principios de la política exterior que resguarda la Constitución no son, y de hecho nunca han sido un pilar de la política exterior de México, sino una herramienta que se utiliza de acuerdo a los intereses de México y a la coyuntura. México ha sido más pragmático de lo que muchos analistas consideran, y es por eso que el debate sobre pragmatismo y principismo no parece ser relevante. En cuanto al continuismo, éste responde más al modelo neoliberal imperante en México que a los proyectos del gobierno en turno.
Iruegas, G. (2006) “Hurtar el rumbo a la política exterior mexicana”, en J. E. Navarrete (coord.), La Reconstrucción de la Política Exterior de México: principios, ámbitos, acciones, México: CEIICH-UNAM, 2006, pp. 73 – 98.
Velázquez Flores, R. (2002) “El proyecto de política exterior de Vicente Fox: ¿Continuidad o cambio?”, en R. Velázquez Flores (coord.), La política exterior de México bajo un régimen democrático: ¿Cambio continuidad?, México: Plaza y Valdés-Universidad de Quintana Roo, 2002, pp. 17-64.
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