Al momento de la independencia, México solo tenía interés en delimitar la frontera con los Estados Unidos y, si se podía, obtener beneficios económicos, pero pronto fue sustituida por una perspectiva de rivales y posteriormente enemigos que desembocó en la guerra de 1847.
Posterior a la guerra, Estados Unidos no volvió a ser tema de política exterior para México sino hasta el gobierno de Porfirio Díaz, quien tenía gran interés en atraer el capital estadounidense para que invirtiera en las minas, plantaciones y demás actividades que ayudaran a desarrollar la industria en México. Pero incluso esta postura tuvo sus reservas, ya que Díaz buscó atraer capitales europeos que contrarrestaran la creciente influencia estadounidense en México, lo cual logró en cierta medida. Así, en este periodo la importancia de Estados Unidos fue la de fuente de capital de inversión.
Tras la revolución, Estados Unidos era el principal inversor en México, pero también era visto con recelo y precaución debido a los intentos mexicanos por regular y posteriormente nacionalizar la industria petrolera. En estos años el país del norte representaba una verdadera amenaza, pero debido al contexto de la crisis financiera internacional, México era dependiente de su relación con ese país.
A partir de la década de 1940, en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se volvió el único mercado disponible para México, y de ahí en adelante fue una prioridad para los gobiernos siguientes el mantener buenas relaciones con ese país para asegurar ayuda económica y el mercado de exportación, aunque hubo algunos intentos por diversificar relaciones, pero fracasaron.
Los gobiernos Neoliberales han manejado un proyecto en que Estados Unidos es la única alternativa de desarrollo para México. Muchos de estos neoliberales han sugerido “revisar la idea de soberanía y principios de la política exterior porque […] son inoperantes en los tiempos de la globalización” (Iruegas, 2006: p.72). Castañeda por ejemplo (2001), maneja una visión determinista en la cual, debido a los vínculos económicos y la ubicación geográfica, México no puede ni debe fijarse una diversificación sustancial de su comercio, ya que esto perjudicaría las relaciones bilaterales.
No cabe duda de que México se encuentra completamente ligado a los Estados Unidos, es una consecuencia natural después de más de medio siglo de haber enfocado su política exterior a las relaciones con ese país. Aunado a esto, el creciente regionalismo que caracteriza a Europa, Sudamérica y Asia del Este no ayudan a promover la idea de una diversificación para México. Siendo esta la situación, México parece encontrarse efectivamente con la única alternativa de mirar hacia América del Norte. Pero lo importante aquí es el cómo se relacione con sus dos principales socios: debe buscar la integración a partir de relaciones benéficas para todos y que impulsen efectivamente el desarrollo de México a través de proyectos concretos y no solo mediante ideas superfluas de que a mayor liberación mejores resultados.
Por lo tanto, México debe elaborar una política exterior coherente con sus capacidades y limitaciones y dejarlas claras frente a su vecino, ya que de lo contrario continuará una situación en la que Estados Unidos asumirá que México comparte su posición frente a diversos temas y esto condenará a México a tener una política reactiva u omisa que no hará más que limitar la movilidad de acción mexicana, complicando su posición negociadora (Heredia, 2006: p. 181).
*Castañeda, J. (2001) "Mirando al Futuro: Los ejes de la política exterior de México", en Nexos, vol. XXIII, Núm. 288, pp. 66 – 74.
*Heredia, C. (2006) “La relación con Estados Unidos: la prueba de ácido de la política exterior mexicana”, en J.E. Navarrete (coord.), La reconstrucción de la política exterior de México: principios, ámbitos, acciones. México: CEIICH-UNAM, 2006, pp. 175 – 246.
*Iruegas, G. (2006) “Hurtar el rumbo a la política exterior mexicana”, en J. E. Navarrete (coord.), La Reconstrucción de la Política Exterior de México: principios, ámbitos, acciones, México: CEIICH-UNAM, 2006, pp. 73 – 98.
Posterior a la guerra, Estados Unidos no volvió a ser tema de política exterior para México sino hasta el gobierno de Porfirio Díaz, quien tenía gran interés en atraer el capital estadounidense para que invirtiera en las minas, plantaciones y demás actividades que ayudaran a desarrollar la industria en México. Pero incluso esta postura tuvo sus reservas, ya que Díaz buscó atraer capitales europeos que contrarrestaran la creciente influencia estadounidense en México, lo cual logró en cierta medida. Así, en este periodo la importancia de Estados Unidos fue la de fuente de capital de inversión.
Tras la revolución, Estados Unidos era el principal inversor en México, pero también era visto con recelo y precaución debido a los intentos mexicanos por regular y posteriormente nacionalizar la industria petrolera. En estos años el país del norte representaba una verdadera amenaza, pero debido al contexto de la crisis financiera internacional, México era dependiente de su relación con ese país.
A partir de la década de 1940, en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se volvió el único mercado disponible para México, y de ahí en adelante fue una prioridad para los gobiernos siguientes el mantener buenas relaciones con ese país para asegurar ayuda económica y el mercado de exportación, aunque hubo algunos intentos por diversificar relaciones, pero fracasaron.
Los gobiernos Neoliberales han manejado un proyecto en que Estados Unidos es la única alternativa de desarrollo para México. Muchos de estos neoliberales han sugerido “revisar la idea de soberanía y principios de la política exterior porque […] son inoperantes en los tiempos de la globalización” (Iruegas, 2006: p.72). Castañeda por ejemplo (2001), maneja una visión determinista en la cual, debido a los vínculos económicos y la ubicación geográfica, México no puede ni debe fijarse una diversificación sustancial de su comercio, ya que esto perjudicaría las relaciones bilaterales.
No cabe duda de que México se encuentra completamente ligado a los Estados Unidos, es una consecuencia natural después de más de medio siglo de haber enfocado su política exterior a las relaciones con ese país. Aunado a esto, el creciente regionalismo que caracteriza a Europa, Sudamérica y Asia del Este no ayudan a promover la idea de una diversificación para México. Siendo esta la situación, México parece encontrarse efectivamente con la única alternativa de mirar hacia América del Norte. Pero lo importante aquí es el cómo se relacione con sus dos principales socios: debe buscar la integración a partir de relaciones benéficas para todos y que impulsen efectivamente el desarrollo de México a través de proyectos concretos y no solo mediante ideas superfluas de que a mayor liberación mejores resultados.
Por lo tanto, México debe elaborar una política exterior coherente con sus capacidades y limitaciones y dejarlas claras frente a su vecino, ya que de lo contrario continuará una situación en la que Estados Unidos asumirá que México comparte su posición frente a diversos temas y esto condenará a México a tener una política reactiva u omisa que no hará más que limitar la movilidad de acción mexicana, complicando su posición negociadora (Heredia, 2006: p. 181).
*Castañeda, J. (2001) "Mirando al Futuro: Los ejes de la política exterior de México", en Nexos, vol. XXIII, Núm. 288, pp. 66 – 74.
*Heredia, C. (2006) “La relación con Estados Unidos: la prueba de ácido de la política exterior mexicana”, en J.E. Navarrete (coord.), La reconstrucción de la política exterior de México: principios, ámbitos, acciones. México: CEIICH-UNAM, 2006, pp. 175 – 246.
*Iruegas, G. (2006) “Hurtar el rumbo a la política exterior mexicana”, en J. E. Navarrete (coord.), La Reconstrucción de la Política Exterior de México: principios, ámbitos, acciones, México: CEIICH-UNAM, 2006, pp. 73 – 98.
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